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27 de marzo del 2017: el día en que el río Piura arrasó con toda la ciudad

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La noche del 26 de marzo de 2017, la alerta empezó a recorrer las redacciones y oficinas públicas de Piura. Desde el Gobierno Regional, entonces liderado por Reynaldo Hilbck, se advertía sobre una crecida sin precedentes del río. Se hablaba de una “ola gigante” que podría desbordar en la zona urbana. La información generaba inquietud, pero aún no se dimensionaba la magnitud de lo que estaba por ocurrir.

En la madrugada del 27 de marzo, la amenaza se convirtió en tragedia. El río Piura, con un caudal superior a los 3 000 metros cúbicos por segundo, rompió todo a su paso. La ciudad fue literalmente cubierta por agua turbia, cargada de lodo y palizada. La sorpresa fue total: autoridades y población quedaron desconcertadas ante la fuerza de la naturaleza.

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El impacto fue inmediato en el Medio Piura. A pocos kilómetros de la capital, zonas agrícolas quedaron devastadas: hectáreas de cultivos perdidas, animales arrasados, viviendas colapsadas y vías destruidas. Comunidades enteras quedaron prácticamente aisladas, pese a su cercanía con la ciudad. La población salió de sus viviendas con lo que tenían puesto. “Todo se ha perdido”, relataban.

Uno de los primeros grandes golpes lo sufrió la Universidad Nacional de Piura. El agua ingresó con violencia, inundando facultades y el propio rectorado. Carreras como Ingeniería Industrial, Arquitectura, Administración, Economía, Ingeniería Civil y Medicina vieron sus instalaciones bajo el agua. Nada se salvó del avance del río.

El desastre también alcanzó espacios emblemáticos y comerciales. El centro comercial Open Plaza Piura quedó sepultado en lodo, mientras que en Castilla, la urbanización Miraflores se convirtió en un punto crítico. Vecinos se refugiaban en segundos pisos y otros se aventuraban a salir en botes improvisados, llantas o flotadores, en medio de la desesperación. ¿Y las autoridades, dónde estaban?

Las autoridades de emergencia reaccionaban con dificultad, fueron tantos puntos afectados y tan poco recurso que no quedaba que actuar por propia cuenta. En el río, un reducido grupo de soldados intentaba encauzar el agua con sacos de arena, para evitar que siguiera devorando zonas urbanas. Comercios cerrados, colegios inundados y viviendas inhabitables dibujaban un panorama de angustia generalizada. Ya no había agua, y el servicio de energía fue cortado.

BAJO EL AGUA

Al otro lado del río, el panorama no era distinto. Desde Los Ejidos, los condominios como Quinta Anamaría, la urbanización Santa Isabel, zona del teatro municipal, el cuartel cercano al Seminario y amplios sectores urbanos estaban bajo el agua. La imagen del gobernador sobre un puente rebasado por el caudal simbolizaba la impotencia frente a la fuerza natural. Mientras tanto, en el centro, la Plaza de Armas de Piura quedó completamente cubierta por agua marrón.

Con el paso de las horas, la ciudad se sumergió en la oscuridad. Sin energía eléctrica, con instituciones como la municipalidad, la Caja Piura, el BCR y la Catedral convertidas en testigos mudos, solo quedaba resistir. Cadenas humanas rescataban a los más vulnerables, mientras militares, policías, bomberos y ciudadanos ingresaban al agua para salvar vidas. “Solo queda esperar a que el caudal del río baje para poder alzar muros (sacos con arena) y evitar que siga ingresando agua al centro”, señalaba una autoridad, que por el momento no vale la pena mencionar. Así transcurrió el primer día del desborde: una ciudad golpeada, pero unida frente a la tragedia. El Bajo Piura, es una historia a parte.