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27 de marzo del 2017: el Bajo Piura aún sufre el desborde del río

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El lunes 27 de marzo de 2017 aún duele, sobre todo en el Bajo Piura. El centro de Piura estaba bajo el agua. No era una exageración ni una imagen aislada: era todo el corazón urbano sumergido, convertido en un espejo marrón que avanzaba sin pedir permiso. Lo que empezó como una alerta en la noche anterior se transformó, con las primeras horas del día, en una tragedia abierta. El río Piura había dejado de ser cauce para convertirse en amenaza, rompiendo a su paso estructuras, calles y certezas. La población miraba sin poder hacer nada cómo el agua arrastraba lo poco que encontraba a su paso, mientras el miedo se instalaba en cada casa. Pero la tragedia, recién iniciaba, sobre todo en el Bajo Piura.

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Horas más tarde, la situación se agravó. A la altura del caserío Viduque, en Catacaos, el dique cedió. Minutos después, el dique a inmediaciones de Pedregal Chico “se rompió”. El ingreso del agua a la Heroica Villa eran por dos frentes, imposibles de controlar; convirtiendose en un nuevo torrente, un brazo descontrolado que inundó calles enteras. En algunos puntos, el agua alcanzaba hasta tres metros de altura. La avenida Cayetano Heredia desapareció bajo la corriente, el estadio municipal quedó completamente cubierto y las familias se refugiaban en lo poco que aún sobresalía. No había transporte. “No hay pase”, repetían colectiveros y choferes, conscientes de que cruzar era imposible. Catacaos había quedado aislado, separado de Piura no por kilómetros, sino por una masa de agua impenetrable.

Pero informar también era resistir. Desde el trébol, el camino hacia Catacaos se hizo a pie, siguiendo lo que antes era pista y ahora era un cauce incierto. Cada paso revelaba escenas de dolor: madres llorando, niños cargados en hombros, familias enteras huyendo con lo que podían. Entre ese caos, la solidaridad también emergía. Policías con el agua al cuello rescataban personas; bomberos recorrían casa por casa, asegurándose de que nadie quedara atrapado. No había tiempo para pausas. No había almuerzo. Solo quedaba ayudar: sostener las llamadas “cuerdas de vida”, tender la mano y mirar al cielo esperando que la furia de la naturaleza cediera.

Más allá, las noticias eran aún más duras. “Cura Mori está desapareciendo, El Tallán luce vacío”, advertían los propios rescatistas. El avance solo fue posible hasta Pedregal Chico y Pedregal Grande. Desde ahí, el río se imponía como un mar infinito, borrando el horizonte. La retirada fue inevitable, con la cámara llena de imágenes y la memoria cargada de escenas que el tiempo no borrará. Pero la tragedia no terminaba en Catacaos. Centros poblados enteros —Cura Mori, El Tallán, El Molino, Santa Rosa, Casa Grande— estaban bajo el agua. El único acceso era por botes zodiac de la Marina, que ya empezaban a llegar a la zona.

El panorama era desolador. Familias que lo habían perdido todo: sin comida, sin ropa, sin agua, sin luz. La ayuda tardaba, pero no faltaba. Desde distintos puntos del país comenzaron a llegar provisiones: sacos de papa desde Puno, ropa desde Tacna, medicinas desde Lima. En medio del dolor, el país respondía. Los sobrevivientes caminaban kilómetros hasta encontrar refugio en el albergue San Pedro y San Pablo, donde la esperanza se reconstruía entre carencias. Porque si algo dejó aquel marzo, además de destrucción, fue la certeza de que incluso en la peor tragedia, la solidaridad puede abrirse paso entre las aguas.