La operación de rescate entra a su etapa final, pero la incertidumbre recién empiza. Han pasado más de dos semanas desde que la alférez Ashley Vargas desapareció en un vuelo de instrucción sobre el mar de Ica. Ahora, con el hallazgo de parte del fuselaje de su avión KT-1P, sumergido a 20 metros de profundidad frente a Punta Otuma, las preguntas aumentan más de lo que se responden.
La Marina de Guerra confirmó que el descubrimiento se logró mediante tecnología de exploración submarina y que los restos fueron verificados por buzos especializados. Sin embargo, ni rastro de la piloto. ¿Qué pasó realmente en los últimos segundos del vuelo? ¿Por qué el sistema de eyección, diseñado para salvar vidas, no funcionó?
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Mientras 160 especialistas operan con tecnología de punta en la búsqueda —ROV, AUV, ecosondas, correntómetros—, el silencio de la Fuerza Aérea sobre los detalles técnicos de la aeronave alimenta las sospechas. La familia de la alférez ya considera denunciar a la institución por homicidio simple, debido a la falta de información clave sobre el mantenimiento del avión y el estado de los sistemas de emergencia.
Paralelamente, amigos y familiares se aferran a la esperanza. De día y de noche, continúan su propia búsqueda con equipos prestados, sin dejar de compartir mensajes de fe y resistencia en redes sociales. “Seguimos buscándote, Ashley”, se lee en una de las publicaciones más recientes.














