El papa Francisco, fallecido recientemente, será sepultado en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma, cumpliendo así su deseo de un funeral más sencillo y cercano al pueblo. A diferencia de sus predecesores, Francisco dispuso ser enterrado en un solo ataúd de madera revestido de zinc, eliminando la tradición de los tres ataúdes de ciprés, plomo y roble.
Además, el pontífice solicitó que su cuerpo no sea expuesto en un catafalco elevado en la Basílica de San Pedro, como era costumbre. En su lugar, los fieles podrán rendir homenaje mientras el cuerpo permanece en el ataúd, sin la tapa.
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Con la muerte del papa Francisco, se inicia el proceso para elegir a su sucesor mediante un cónclave. Este se llevará a cabo entre 15 y 20 días después del fallecimiento, en la Capilla Sixtina, donde los cardenales menores de 80 años votarán en secreto hasta alcanzar una mayoría de dos tercios.
Durante el cónclave, las votaciones se realizan en estricto secreto y los resultados se comunican al exterior mediante humo: negro si no hay consenso y blanco cuando se ha elegido al nuevo Papa. Una vez elegido, el nuevo pontífice es presentado al mundo con el anuncio “Habemus Papam” desde el balcón de la Basílica de San Pedro.
Aunque cualquier hombre católico bautizado puede ser elegido Papa, en la práctica, los cardenales suelen elegir a uno de ellos. Francisco, nacido en Argentina, fue el primer pontífice originario de Sudamérica, una región que representa aproximadamente el 28% de los católicos del mundo.















